domingo, 16 de julio de 2023
miércoles, 4 de enero de 2023
NO TENGAIS MIEDO
Ratzinger: el Papa de la Iglesia “minoritaria” … ... con ambición de globalidad y de eternidad.
Benedicto XVI, el Papa consciente de la apostasía general que vive el mundo
del siglo XXI: no tengáis miedo al futuro ni, sobre todo, a vuestra propia
debilidad
(…)
La cuestión social del siglo XX se convirtió en cuestión sexual en el XXI. Ninguna de las dos para mucho, créanme, pero Benedicto XVI ha puesto las cosas en contexto, tanto en una como en otra.
Lo cierto es que Benedicto XVI es el continuador de San Juan Pablo II el Grande, su
colaborador más identificado. Por eso, cuando aquel bávaro, amante de la vida
tranquila, venía a presentarle su dimisión como prefecto de la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe, el polaco respondía: “Interesante
cuestión. Tengo que meditarla despacio. Regrese su Eminencia dentro de cinco
años que ya habré tomado una decisión”.
El alemán era un analista tan
profundo de la realidad que sólo podía ser recalificado como el gran pesimista
del siglo XX… o quizás como el gran optimista que en el país de la esperanza
viene a ser lo mismo. En el fondo, Benedicto XVI es un hombre de corazón y cerebro como era él, que el necio, el que confunde valor y
precio, considera, erróneamente, que son dos vísceras irreconciliables.
Ratzinger reconocía, muy a su pesar, que los católicos somos minoría en el siglo XXI, caso único en la historia, pero otorgaba más valor a la calidad que a la cantidad, porque lo importante, aún más que la salvación de la criatura, es la gloria del Creador
Dos detalles:
1.
Benedicto XVI fue
uno de los grandes impulsores y cerebros, junto a Juan Pablo II, del Vaticano II pero llegó a abominar de ese concilio. De su superior llegó la distinción:
no, el Vaticano II es bonísimo, pero no lo son las interpretaciones interesadas
del mismo, convertido en banderín de enganche de un progresismo esterilizador y
triste, siempre triste. De inmediato, Ratzinger, humilde a fuer de alemán,
quien sería su sucesor matizó: sí, el Concilio es bueno, pero no quienes manipulan
las cuatro constituciones dogmáticas del mismo (…).
2.
Benedicto XVI
percibió como nadie el siniestro avance
de la desacralización y, en pleno
siglo XX, cuando lo que importante era la cuestión social, se percató de que
esa cuestión social no era otra cosa que el disfraz que el modernismo utilizaba
para hablar de lo que realmente le interesaba: la cuestión sexual. Y entonces fue cuando el bávaro sorprendió a toda la grey: como Papa,
insistió en la liturgia una y otra vez. Porque la liturgia, sobre todo la liturgia eucarística, no es un adorno de la fe, es la esencia misma de la fe, la que da razón
de ser a la Iglesia. Como argumentaría Chesterton, quien se
convirtió al cristianismo porque simplemente descubrió que era la verdad.
En definitiva, reparen en la frase, que transcribo en
la imagen (y que le he robado a la Comunión Tradicionalista) de un pontífice
que se daba cuenta de los tiempos dificilísimos que nos han tocado vivir pero
que, al unísono, sabía que Cristo siempre
opera bajo la misma fórmula: de derrota en derrota hasta la victoria final.
Eso, y lo de nuestra Teresa de Cepeda y
Ahumada, cuando reñía al Padre Eterno
porque no le concedía las conversiones que le pedía: “Teresa, yo quería pero
los hombres no han querido”.
Este es el sentido último de las
palabras de Benedicto XVI que reproducimos junto a su imagen, el Papa consciente
de la apostasía general que vive el mundo del siglo XXI: no tengáis miedo al futuro ni, sobre todo, a vuestra
propia debilidad. Sois minoría pero,
gracias a vuestra fe, (…) el nombre de Cristo sigue resonando en todo el mundo.
Igualito que si fuéramos mayoría abrumadora.
¿Minoría exigua y, al mismo tiempo, vocación de inmensidad espacial y temporal? Sí, justamente eso.Ratzinger reconocía, muy a su pesar, que los católicos somos minoría en el siglo XXI, caso único en la historia, pero otorgaba más valor a la calidad que a la cantidad, porque lo importante, aún más que la salvación de la criatura, es la gloria del Creador. Si la adoración funciona, todo funciona en el mundo.
E insisto: muerto Benedicto, arracimémonos alrededor de Francisco, Papa de Cristo ... es la hora de rezar por él, también para que dure.
(…) En su testamento espiritual, Benedicto XVI insiste en que “Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo“.
Autor: Eulogio López
Fuente: https://www.hispanidad.com/sociedad/ratzinger-papa-de-la-iglesia-minoritaria_12039418_102.html
(02.01.2023)
lunes, 2 de enero de 2023
TESTAMENTO ESPIRITUAL de BENEDICTO XVI
Documento redactado por el Papa emérito el 29 de agosto de 2006
Benedicto PP XVI
Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás, hacia
las décadas que he vivido, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar
gracias. Ante todo, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me ha dado
la vida y me ha guiado en diversos momentos de confusión; siempre me ha
levantado cuando empezaba a resbalar y siempre me ha devuelto la luz de su
semblante. En retrospectiva, veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y
agotadores de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él
me guió bien.
Doy las gracias a mis
padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes
sacrificios, con su amor prepararon para mí un magnífico hogar que, como una
luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy. La clara fe de mi padre
nos enseñó a nosotros los hijos a creer, y como señal siempre se ha mantenido
firme en medio de todos mis logros científicos; la profunda devoción y la gran
bondad de mi madre son un legado que nunca podré agradecerle lo suficiente. Mi
hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso
cuidado; mi hermano, con la claridad de su juicio, su vigorosa resolución y la
serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin su constante
precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.
De corazón doy gracias a
Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado;
por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y
alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo todos a Su bondad. Y quiero
dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que
siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo
de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe.
Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y les ruego, queridos
compatriotas: no se dejen apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios
por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje,
pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda
patria.
A todos aquellos a los que he agraviado de alguna
manera, les pido perdón de todo corazón.
Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia han sido confiados a mi servicio:
¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir!
A menudo parece como si la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- fuera capaz de ofrecer resultados irrefutables en desacuerdo con la fe católica. He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he visto cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas que sólo parecen ser competencia de la ciencia. Desde hace sesenta años acompaño el camino de la teología, especialmente de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones, he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles y resultar meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.
Por último,
pido humildemente: recen por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis
pecados y defectos, me reciba en la morada eterna. A todos los que me han sido
confiados, van mis oraciones de todo corazón, día a día.
Fuente:
https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2022-12/benedicto-bxi-mi-testamento-espiritual.html
(2.1.2023)
sábado, 17 de diciembre de 2022
Tercera semana de Adviento Is 48, 17-19; Mt 11, 16-19 (y PARTE III)
Homilías en el año litúrgico (BXVI)
“LA SABIDURÍA SE HA ACREDITADO POR SUS HIJOS” (Parte III, final)
Así,
las palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento son las mismas, dicen lo mismo
para distintas generaciones, y también a nosotros nos parece que esta historia
sigue abierta en nuestras manos. Esta es la gran esperanza que nos arrojan los
textos de la liturgia de hoy.
Al
final del Evangelio, después de la tristeza de las personas de tantas
generaciones y del peligro de que esas generaciones pudiesen decir no, aparece
una palabra de alegría: una promesa victoriosa. El Señor dice que, a pesar de
todo, “la sabiduría fue reconocida por sus obras” (Mt 11,19). Cuando escuchamos
esto, nos preguntamos: ¿es cierto que Dios es sabio? ¿Podemos decir que Dios es
la sabiduría, que Cristo, que ha sufrido la cruz, es la sabiduría? En verdad,
por medio de su victoria el Señor ha dejado en herencia el germen de la nueva
vida para su pueblo y para el mundo, una levadura que transformará todo. Y ha
fundado de este modo una nueva manera de vivir la fe.
La
Jerusalén terrenal ha sido destruida, pero de la cruz de Cristo surge una nueva
Jerusalén, una nueva ciudad esparcida por todo el mundo, en las pequeñas y
también en las grandes comunidades de los creyentes. Alentada por la fe, crece
una nueva ciudad, una imagen de la futura Jerusalén.
“Y
la sabiduría fue reconocida por sus obras”. Nacen las primeras comunidades
cristianas, una nueva humanidad, el amor a los que sufren y a los pobres, que
no había existido en el mundo, una luz de verdad que ilumina las sendas de la
humanidad, transforma el mundo y a pesar de todo vence sobre lo malo.
Ya
hemos hablado del camino de las lámparas ardientes, un camino de luz que se
extiende cada vez más en la historia. Así se fundó una nueva ciudad, una nueva
vida. En el Apocalipsis se dice: “Vi una muchedumbre inmensa con vestiduras
blancas” (Ap 7,9). Son aquellos “que vienen de la gran tribulación” (Ap 7,14) y
que representan la nueva humanidad. “La sabiduría se ha acreditado”. Dios es
sabio, a pesar de estas derrotas crece la humanidad, crece el don del amor, de
la fe y de la esperanza que Cristo nos ha regalado.
San
Lucas nos transmite otra variante de estas palabras cuando dice: la sabiduría
fue reconocida “por todos sus hijos” (Lc 7,35), los hijos de Cristo, sus
hermanos. Esto comienza con los primeros mártires y llega hasta los grandes
testigos de la fe de hoy, todos ellos reconocen a Cristo, la verdadera
sabiduría divina. Así, el texto nos invita a ser hijos de la sabiduría y hacer
obras de la sabiduría para transformar el mundo.
Finalmente,
los textos aparecen en la liturgia de un modo muy concreto. el texto del salmo
81 dice: “Si hubieses escuchado mis mandatos te sustentaría con miel y con flor
de trigo”. El señor nos alimenta con flor de trigo, consigo mismo, nos da este
pan, en la pequeña cantidad de trigo se entrega a sí mismo. Se entrega en
nuestras manos, en nuestro corazón.
Pidámosle
al Señor que nos ilumine, que nos conceda escucharlo y poner en práctica su
palabra. Y de este modo llegar a ser sus hijos, a hacer sus obras, obras de la
sabiduría divina.
Fuente: Benedicto XVI, El camino de la
vida. Homilías en el año litúrgico. Barcelona, 2019
viernes, 16 de diciembre de 2022
Tercera Semana de Adviento Is 48, 17-19; Mt 11, 16-19 (PARTE II)
Homilías en el año litúrgico (BXVI)
Fuente: POR FALTA DE VIGILANCIA. Blog católico Gotitas de Espiritualidad
“LA SABIDURÍA SE HA ACREDITADO POR SUS HIJOS” (Parte II)
Pasemos
de la oración inicial a la lectura y al Evangelio. Ambos están interconectados,
y se ve con claridad la unidad interna entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Hablan del sufrimiento de Dios en la relación con sus criaturas humanas. Dios
sufre. ¿por qué no somete a su criatura con la fuerza de su omnipotencia? En
lugar de esto busca su amor, sale al encuentro de nuestra libertad, pues no le
gustaría lograr nada con violencia; anhela el amor, en concreto el amor
gratuito, y así nos deja la libertad de decir sí o no a su ofrecimiento y a su
invitación al amor. Tristemente ocurre que la criatura ser humano casi siempre
dice no y piensa que decir no es prueba de su libertad. Dios busca al ser humano
de todas las formas posibles; en el Evangelio de hoy el Señor lo hace con una
parábola. Lo intenta por el camino de la severidad, de los mandamientos del
Sinaí, en la época de los profetas, en las palabras de Juan el Bautista. Y el
ser humano responde: “No, soy libre, no acepto el rigor de estos mandamientos,
sigo mi propio camino”.
Dios
lo intenta por el camino de la humildad, de la bondad, con su vida, con el amor
a los seres humanos. ¿Y qué sucede? También aquí el ser humano dice no, se ríe
de este Dios débil que busca su aprobación y se revela como no omnipotente. El
Evangelio nos dice: “Os tocamos la flauta y no habéis bailado; entonamos
lamentaciones y no habéis gemido” (Mt 11,17). El ser humano no se suma a este
juego del amor divino, se opone a él. De ahí la inmensa tristeza y el profundo
dolor de Dios en esta historia.
En
la lectura escuchamos este lamento de Dios: “¡Ah, si hubieras atendido a mis
preceptos! Tu paz habría sido como un río” (Is 48,18). La misma frase aparece
de nuevo en el salmo 81, quizá redactado en la misma época: “Si Israel hubiese
escuchado mis mandatos, los alimentaría con flor de trigo y los saciaría con
miel de la peña” (Sal 81,17).
Y
las mismas palabras regresan como declaración del Señor: “¡Ah, si tú también
hubieras comprendido en este día el mensaje de paz!” (Lc 19,42). Quizá algunos
de vosotros conocéis en Jerusalén la iglesia del Dominus flevit, que se levantó
en el Monte de los Olivos desde donde Jesús miró hacia la ciudad y dijo: “Si
también tú conocieras el mensaje de paz”. La historia demuestra la verdad de
este lamento de Dios.
El
texto de la lectura procede, como el salmo, posiblemente del tiempo del exilio.
En primer lugar, Jeremías le había dicho con claridad al rey y a todos los
poderosos de Israel: “No entréis en guerra con Babilonia, no os comportéis como
cuando Israel era una de las grandes potencias que podría declararle la guerra
a Babel; no lo hagáis, dejad de pensar en ello. Elegid, por el contrario, estar
con Dios. Guardad la paz y permaneced en este país”. Pero no lo escucharon,
Israel no le hizo caso, y se fue al exilio durante setenta años; parecía haber
desaparecido de la historia.
El
Señor usa la misma advertencia que Jeremías: “No hagáis frente a los romanos
con armas, no creáis que el Señor es un guerrero que os da las fuerzas
militares que no tenéis. Seguid el camino del arrepentimiento, de la fe, del
amor, el camino de la comunidad con Dios, que es el único que puede transformar
el mundo”. Pero nadie escucha, todos actúan como la generación de Jeremías.
Creen en Barrabás y al final está la destrucción de Jerusalén; san Lucas dice
en su Evangelio: “Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que el plazo
de los gentiles se cumpla” (Lc 21,24).
Estas
palabras son verdaderas en el presente, en este siglo que vivimos: “¿Por qué no
habéis escuchado?”, podría decirnos el Señor. Habríais podido evitar el
desastre del gobierno comunista que destruyó las almas y el país, habríais
podido evitar ese gran desastre del nacionalsocialismo, que es una permanente
vergüenza para nosotros.
No
han escuchado, Señor. Así vemos cuán cierto es el lamento de Dios, que no es
una descripción del pasado, sino una clara advertencia a nosotros y a nuestra
generación: prestad por fin atención, la causa aún no se ha perdido, escuchad y
seguid al Señor, al Señor de la paz y no al Señor de la guerra.
Estas
son palabras que el Señor dirige a nosotros, la nueva generación, que tiene en
su mano la llave del futuro. Es un grito poderoso: escuchad, no hay ningún
destino inevitable. El ser humano está en libertad de decir sí respecto de un
cambio a mejor. Es nuestro deber escuchar y seguir este camino con coraje,
gritarle esto al mundo, aunque no quiera escuchar; dejar que se escuche al
menos este lamento y este grito del Señor, con todo el peso del pasado, que con
suficiencia conocemos.
(Continúa)
Fuente: Benedicto XVI, El camino de la
vida. Homilías en el año litúrgico. Barcelona, 2019
jueves, 15 de diciembre de 2022
Tercera semana de Adviento Is 48, 17-19; Mt 11, 16-19 (PARTE I)
Homilías en el año litúrgico (BXVI)
“LA SABIDURÍA SE HA ACREDITADO POR SUS HIJOS” (Parte I)
Los
textos de esta liturgia del viernes de la segunda semana de Adviento están
llenos de luz para nuestro camino y nos ayudan a entender mejor los fundamentos
de nuestra vida cristiana.
Me
gustaría comentar la oración inicial. La palabra más importante es “vigilancia”,
que junto a otras es una palabra clave del tiempo de Adviento. Vigilancia,
estar vigilante, ¿qué significa? Quien duerme está encerrado en sí mismo. No
percibe la realidad fuera de sí mismo, y en sus sueños tampoco puede captar la
realidad, sólo sombras de su espíritu, de su subconsciente. Cuando despierta se
libera de la prisión, de los muros de sí mismo y percibe la realidad que lo
rodea. Se abre para ella.
Nuestra
generación está convencida de que está muy “despierta”, más que las
generaciones anteriores, solo porque percibe mucho más del mundo. Nuestra
mirada alcanza distancias mayores, inmensas lejanías tanto local como
temporalmente. Y al mismo tiempo somos capaces de penetrar la materia, hasta
las partículas más pequeñas de las que se compone. El horizonte se ha ampliado
enormemente, tanto como nuestras posibilidades de actuar en este mundo. Y sin
embargo, tenemos que decir que esta generación, en un sentido mucho más
profundo, duerme. Está encerrada en sí misma porque sólo ve lo que hace y puede
hacer, y se queda en la parte externa de la realidad, en las cosas materiales
que se pueden tomar con la mano. Justo por eso estamos cada vez más encerrados
en nosotros mismos y ya no somos capaces de acercarnos a lo infinito, de ver la
luz divina transparentar la materia creada, en nosotros mismos, con el ojo de
nuestro corazón.
Con
su llegada, el Señor nos ofrece despertar, escapar de la prisión de lo
material, abrir el corazón y empezar a ver la realidad más amplia, el espíritu
de Dios en el mundo, la presencia de Dios en Jesucristo, en su Palabra, en sus
sacramentos.
Este
es el primer imperativo que nos obliga a seguir abriendo los ojos de nuestro
corazón y a ayudar a nuestros amigos, al prójimo, para que puedan empezar a ver
la verdadera dimensión y profundidad de la realidad. Ver también significa
salir de sí mismo, y así de la palabra “vigilancia” surge el otro fundamento
del camino en el Adviento: “salir al encuentro del Señor”.
La
fe no es una acumulación de ideas, es una aventura de la vida, un camino, un
ponerse en movimiento hacia el Señor. El camino exterior que recorremos debería
ser al mismo tiempo un camino interior, un salir de sí mismo para ir al
encuentro de Dios, hacia la verdadera realidad, hacia el amor y hacia el
prójimo.
Hay
una tercera palabra que es importante en esta oración: la palabra de Dios,
la luz, la invitación a encender las lámparas de nuestro ser para llegar a
Dios. ¿Qué quiere decir esto? Si nos fijamos en la historia de la Iglesia, en
la historia de los santos, vemos estas “lámparas” ardientes que iluminan el
mundo, que no sólo dan luz en el tiempo del mundo, sino que llegan a ser
ornamento y luz en la fiesta eterna del amor de Dios. Empecemos con los
mártires de los primeros siglos y sigamos hasta los grandes doctores de la
Iglesia, hasta Agustín, Ambrosio, Buenaventura, Tomás: son ellos lámparas que
arden con fuerza, que iluminan y seguirán iluminando el camino de la historia.
Después están san Francisco de Asís, san Carlos Borromeo, santo Domingo, santa
Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Lisieux, hasta
Maximiliano Kolbe, el Padre Pío, Edith Stein, la Madre Teresa, …
De
hecho, en las tinieblas de nuestra historia podemos encontrar lámparas
ardientes que iluminan, que nos muestran que hay luz, que el ser humano no es
un accidente de la creación, sino que puede ser semejante a Dios. Nos
fortalecen en el camino del amor, porque Dios es el amor. Y somos semejantes a
Dios en la medida en que avanzamos por la senda del amor.
(Continúa)
Fuente: Benedicto XVI, El camino de la vida. Homilías en el año litúrgico. Barcelona, 2019
domingo, 8 de mayo de 2022
EL DÍA DEL SEÑOR
Se equivoca en sus cálculos aquel que se afana el domingo con el pensamiento
de que va a ganar más dinero. ¿Dos o tres francos podrían compensar el error
que comete contra sí mismo violando la ley del buen Dios? Creéis que todo
depende de vuestro trabajo; pero sobreviene una enfermedad, un accidente. Hace falta
muy poco: una tormenta, el granizo, un congelamiento… Trabajad, no por la
comida que perece, sino por aquella que mora en la vida eterna. ¿Qué recibís al
trabajar el domingo? Dejáis la tierra tal y como está cuando os marcháis; ese
día no os lleváis nada con vosotros. Nuestro primer objetivo es ir a Dios;
estamos en la tierra únicamente para eso. Hermanos, habría que morir el domingo
y resucitar el lunes. El domingo, es el bien del buen Dios: ese día le
pertenece, el Día del Señor. Hizo todos los días de la semana; ¡se los hubiera
podido quedar todos, pero nos dio seis, y solamente se reservó el séptimo!
SAN JUAN MARÍA VIANNEY
Santo cura
de Ars (1786-1859). En 2010, Benedicto XVI lo nombró patrono de los sacerdotes
Fuente: Magnificat, mayo 2022
lunes, 21 de marzo de 2022
AMAR A DIOS Y AMAR A SU PRÓJIMO
La historia del amor entre Dios y el hombre consiste en el hecho de que esta comunión crece con la comunión de pensamiento y de sentimiento, y así nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí una voluntad extraña cuyos mandamientos se imponen desde el exterior, sino que es mi propia voluntad basada en la experiencia de que, de hecho, Dios me es más íntimo que yo a mí mismo (san Agustín). Es entonces cuando crece el abandono en Dios el cual pasa a ser nuestro gozo.
Así se nos revela posible el amor al prójimo en el sentido definido por la Biblia, por Jesús. Consiste precisamente en el hecho de que, en Dios y con Dios, yo amo también a la persona que no aprecio e incluso que ni tan solo conozco. Esto no se puede dar si no es a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que llega a ser comunión de voluntad y llega a afectar el sentimiento. Es entonces cuando aprendo a mirar a esta otra persona no solamente con mis ojos y mis sentimientos, sino según la perspectivas de Jesucristo: su amigo es mi amigo. Veo con los ojos de Cristo y puedo dar al otro mucho más que las cosas que le son necesarias exteriormente: puedo darle una mirada de amor de la que él tiene necesidad.
BENEDICTO XVI
Papa emérito de la Iglesia católica tras casi 8 años de pontificado (1927-)
Fuente: Magnificat, marzo 2022
jueves, 16 de abril de 2020
¡Felicidades, Benedicto XVI!
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| Hermoso texto muy útil actualmente |
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| Joseph Ratzinger de niño |











