domingo, 13 de febrero de 2022

Palabra de Dios para el domingo 13 de febrero de 2022

Las Bienaventuranzas son como un pórtico majestuoso a toda la enseñanza de Jesús. Atractivas y exigentes, son consoladoras y una buena noticia para todos, especialmente para los desheredados de este mundo; al mismo tiempo, indican que en el camino para alcanzar la auténtica felicidad, la que todos anhelamos, hay que ponerse en manos de Dios. En la versión de Lucas que leemos hoy van acompañadas de unas amonestaciones severas contra quienes fijan su felicidad en los bienes pasajeros del mundo. De alguna manera podemos interpretarlas a la luz del texto de Jeremías: “Maldito quien confía en el hombre, y busca su corazón en las criaturas, apartando su corazón del Señor”, y “Bendito quien confía en el Señor”. La felicidad plena solo Dios puede dárnosla.

Estas palabras de Jesús que no dejan de atraernos nos obligan a meditarlas continuamente y cuanto más volvemos sobre ellas más descubrimos que solo pueden entenderse fijándonos en él. En el Catecismo leemos: “Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Cristo y describen su caridad”. En Jesús encontramos el cumplimiento y la garantía de las bienaventuranzas. Entendemos que solo en Él podemos ser plenamente felices. Al intentar desentrañarlas, por su carácter paradójico, quedamos cautivados por su belleza al tiempo que se difuminan como una realidad inalcanzable. Pero cuando observamos su cumplimiento en Cristo, entonces desearíamos vivirlas plenamente.

Somos conscientes de que con nuestras solas fuerzas no podemos alcanzarlas, pero orientan el camino por el que Jesús quiere conducirnos si asentimos a su llamada y le seguimos. Los autores de teología espiritual han vinculado las bienaventuranzas a los dones del Espíritu Santo. Es decir, el que se abre al amor de Dios, y se deja transformar por Él, progresivamente va experimentando ese “aparente imposible” proclamado por Cristo, porque Dios va ocupando cada vez más todo nuestro corazón y lo experimentamos como fuente inagotable de alegría.

Mirando a Jesús descubrimos también que las bienaventuranzas no solo nos sitúan ante Dios y nuestra relación con los bienes efímeros, sino que indican también cómo responder al dolor que hay en el mundo. En este sentido, las advertencias que Jesús hace a los que ríen, están satisfechos, reciben lisonjas y viven en riqueza pueden leerse como dirigidas a quienes cierran su corazón tanto a la trascendencia como a los hermanos que sufren.

En la segunda lectura, san Pablo recuerda la importancia de confesar que Jesús ha resucitado. Su victoria sobre la muerte es también anuncio de nuestra futura resurrección. Jesús, que ya nos acompaña en esta vida, nos ha abierto el camino a la eterna, donde se encuentra la felicidad plena. En otros momentos, Jesús proclama bienaventurado a “quien no se escandalice de Él” (Lc 7,23) y a quienes creerán en Él sin haberlo visto (Jn 21,29). El fundamento de toda bienaventuranza está en la fe en Jesús, la confianza en su persona, la seguridad en su amor.

Recordamos hoy también la alabanza de Isabel a María: “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45). A la intercesión de la Virgen nos acogemos para entrar en el Evangelio de las bienaventuranzas.    

Fuente: David Amado Fernández (Magnificat 219), Madrid  2022.

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