domingo, 6 de octubre de 2019

Boletín Parroquial "O Sineiro", n. 498-B



Nota: En caso de optar pola omisión de datos persoais relativos ás intencións das Misas que se publican neste Boletín ou no blogue parroquial en internet, deberase comunicar con caracter simultáneo á solicitude.

Luns 7: Virxe do Rosario.

·         19 h.: en Ortoño, por Carmen Capeáns Martínez, esposo, fillos e neto.

·         20 h.: en Bertamiráns, por Josefina García Fernández e o seu esposo.

Martes 8:

·         18 h.: en Covas, por Teresa Rey Trenco e Gervasio Marcos Ferreira.

·         19 h.: en Ortoño, por Manuel Abelleira Sánchez.  

·         20 h.: en Bertamiráns, á Virxe Peregrina, Remedios e Fátima, int. de Josefa Díaz.

 Mércores 9:

·         19 h.: en Ortoño, por Luis Arufe Dopazo.

·         20 h.: en Bertamiráns, ao Sagrado Corazón de Xesús, San José e San Antonio.

Xoves 10:

·         19 h.: en Ortoño, á Virxe dos Nudos-Ausburgo.

·         20 h.: en Bertamiráns, por José López Noceda e os seus pais, int. de Josefa Díaz.

Venres 11: San Juan XXIII.

·         19 h.: en Ortoño, á Virxe dos Nudos-Ausburgo.

·         20 h.: en Bertamiráns, polos defuntos da familia Gato Lago.  

Sábado 12: Nosa Señora do Pilar.

·         12 h.: en Ortoño, 1º Aniversario de Manuel Romero Ferrín.

·         12.30 h.: en Bertamiráns, Voda.  

·         19 h.: en Bertamiráns, por José Mouriño, Victoria Vilacoba e Armando Álvarez; polos defutnos da familia Varela Carreira.

·         20 h.: en Ortoño, non hai esta misa hoxe.
 

13 de outubro: XXVIII do Tempo Ordinario. 

·         10 h.: en Covas, non hai esta misa hoxe.

·         11 h.: en Bertamiráns, por todos os cofrades defuntos da Peregrina.

·         12.15 h.: en Ortoño, por María Teresa Berdullas Blanco.



viernes, 4 de octubre de 2019

San Francisco de Asís


"Señor haz de mi un instrumento de tu paz. Que allí donde hay odio, yo ponga el amor. Que allí donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allí donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allí donde hay error, yo ponga la verdad. Que allí donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allí donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allí donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allí donde hay tristeza, yo ponga la alegría. ¡Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando, como se es perdonado, es muriendo como se resucita a la vida eterna.  "Hazme instrumento de tu Paz" San Francisco de Asís.

jueves, 3 de octubre de 2019

Catequesis Teología del cuerpo (X)


10. La creación que se renueva

 

Es significativo que la situación, en la que marido y mujer se unen tan íntimamente entre sí que forman «una sola carne», se defina como «conocimiento». Recordemos las palabras que dijo María en la Anunciación: «¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?» (Lc 1, 34). El «conocimiento», del que habla el Génesis 4, 1 «Conoció el hombre a su mujer, que concibió y parió a Caín, diciendo: ‘He alcanzado de Yahvé un varón’» y todos los textos sucesivos de la Biblia, llega a las raíces más íntimas de ese ser concreto, que el hombre y la mujer deben a su sexo. 

 

Este «conocimiento» corresponde a la consumación del matrimonio, mediante el cuerpo.  En el «conocimiento», de que habla el Génesis 4, 1, el misterio de la feminidad se manifiesta y se revela hasta el fondo mediante la maternidad, como dice el texto: «la cual concibió y parió». La mujer está ante el hombre como madre, sujeto de la nueva vida humana que se concibe y se desarrolla en ella, y de ella nace al mundo. Así se revela también hasta el fondo el misterio de la masculinidad del hombre, es decir, el significado generador y «paterno» de su cuerpo. *La procreación hace que «el varón y la mujer» se conozcan recíprocamente en el «tercero» que trae origen de los dos*.

 

En la maternidad y paternidad se hace patente como la constitución de la mujer es diferente respecto al varón; más aún, hoy sabemos que es diferente hasta en sus determinantes bio-fisiológicas más profundas. Se manifiesta exteriormente sólo en cierta medida, en la estructura y en la forma de su cuerpo. La maternidad manifiesta esta constitución interiormente, como particular potencialidad del organismo femenino, que con peculiaridad creadora sirve a la concepción y a la generación del ser humano, con el concurso del varón. El «conocimiento» condiciona la generación. El ciclo del «conocimiento-generación», tan profundamente arraigado en la potencialidad del cuerpo humano, fue sometido, después del pecado, a la ley del sufrimiento y de la muerte.

 

La masculinidad encierra en sí el significado de la paternidad, y la feminidad el de la maternidad. Toda la constitución exterior del cuerpo de la mujer, su aspecto particular que, con la fuerza de un atractivo perenne están al comienzo del «conocimiento», de que habla el Génesis 4, 1 están en unión estrecha con la maternidad. La Biblia (y después la liturgia), con la sencillez que le es característica, honra y alaba a lo largo de los siglos «el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron» (Lc 11, 2).

 

«He alcanzado un varón». La primera mujer parturienta tiene plena conciencia del misterio de la creación, que se renueva. Tiene también plena conciencia de la participación creadora que tiene Dios en la generación humana, obra de ella y de su marido, puesto que dice: «He alcanzado de Yahvé un varón». *Las palabras del libro del Génesis, que son un testimonio del primer nacimiento del hombre sobre la tierra, encierran en sí, al mismo tiempo, todo lo que se puede y se debe decir de la dignidad de la generación humana*.

 

*El libro del Génesis pone de relieve que el hombre y la mujer han sido creados para el matrimonio: «...Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gen 2, 24). De este modo se abre la gran perspectiva creadora de la existencia humana, que se renueva constantemente mediante la procreación*.

 

El hombre, a pesar de todas las experiencias de la propia vida, a pesar de los sufrimientos, de las desilusiones de sí mismo y de su estado pecaminoso, reconoce sin embargo, el «conocimiento» al «comienzo» de la «generación»; él así parece participar en esa primera «visión» de Dios mismo: Dios Creador «vio..., y he aquí que era todo muy bueno». Y, siempre de nuevo, confirma la verdad de estas palabras.

 

Fuente: Tomado de Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

 

*Reflexión*: ¿Que significa la frase «la participación creadora que tiene Dios en la generación humana»?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Catequesis Teología del cuerpo (IX)


9. El ser humano como objeto para el otro

 

Dios se revela a Sí mismo sobre todo como Creador. Creador es el que «llama a la existencia de la nada», porque El «es amor» (1 Jn 4, 8). La creación, como obra de Dios, es un don que nace del amor. El hombre aparece en el mundo visible como la expresión más alta del don divino, porque lleva en sí la dimensión interior del don y con ella trae al mundo su particular semejanza con Dios. 

 

Con las palabras: «No es bueno que el hombre (varón) esté solo -dice Dios Yahvé-, voy a hacerle una ayuda...» (Gen 2, 18), por primera vez aparece claramente una cierta carencia de bien. Lo mismo afirma el primer «hombre»; después de haber tomado conciencia de la propia soledad entre todos los seres vivientes sobre la tierra, espera una «ayuda semejante a él» (Gen 2, 20). Estas dos palabras: «solo» y «ayuda» indican lo fundamental que es para el hombre la relación y la comunión de las personas. *Comunión de las personas significa existir «con alguno», y aún más, existir «para alguno». Una relación de don recíproco está implícita sin duda en la felicidad originaria del hombre*. La felicidad proviene del amor. Si el hombre y la mujer dejan de ser recíprocamente don desinteresado, como lo eran el uno para el otro en el misterio de la creación, entonces se dan cuenta de que «están desnudos».

 


En el misterio de la creación, varón y mujer se ven y se conocen a sí mismos con toda la paz de la mirada interior que da la plenitud de la intimidad de las personas y se convierten en don recíproco alcanzando de este modo una comprensión especial del significado del propio cuerpo. Cuerpo, que manifiesta la comunión de las personas a través del don como característica fundamental de la existencia personal. La masculinidad-feminidad -esto es, el sexo- es el signo originario de una donación creadora y de una toma de conciencia por parte del hombre, varón-mujer, de un don vivido, por así decirlo, de modo originario. Este es el significado con el que el sexo entra en la teología del cuerpo.

 

«¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y mujer? Y dijo: Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer y serán los dos una sola carne» (Mt 19, 4-5). Parece que en la revelación originaria no está presente la idea de la posesión de la mujer como de un objeto, por parte del varón o viceversa. Pero, por otra parte, es sabido que, a causa del estado pecaminoso contraído después del pecado original, varón y mujer deben reconstruir con fatiga el significado del recíproco don desinteresado.

 

La inocencia interior como «pureza de corazón», en cierto modo, hacía imposible que el uno fuese reducido por el otro al nivel de mero objeto. Si «no sentían vergüenza» quiere decir que estaban unidos por la conciencia del don, tenían recíproca conciencia del significado esponsalicio de sus cuerpos, en el que se expresa la libertad del don y la riqueza interior de la persona como sujeto. 

*Con el pecado, el descubrimiento del significado esponsalicio del cuerpo dejará de ser para ellos una simple realidad de la revelación y de la gracia. Sin embargo, este significado permanecerá inscrito en lo profundo del corazón humano, como eco lejano de la inocencia originaria*.

 

Fuente: Tomado de Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

 

*Reflexión*: ¿He experimentado la felicidad de dar? ¿Cómo se vive esto en la relación conyugal? ¿Cuál es la diferencia entre una relación en la que soy tratado como ser humano a imagen de Dios y una en la que soy tratado como objeto?  

miércoles, 2 de octubre de 2019

Catequesis Teología del cuerpo (VIII)


8. La libertad del don

 

Los sacramentos son signos visibles de la gracia de Dios. El hombre se constituye en un sacramento primordial, al ser signo que transmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad, el misterio de la verdad, del amor y de la vida divina, de la que el hombre participa realmente. El sacramento, como signo visible, se constituye con el hombre, en cuanto «cuerpo», ya que el cuerpo es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. 

 

*El cuerpo humano, con su sexo, y con su masculinidad y feminidad, visto en el misterio mismo de la creación, es no sólo fuente de fecundidad y de procreación, como el resto de la naturaleza, sino que incluye desde «el principio» el atributo «esponsalicio», es decir, la capacidad de expresar el amor a través del cual la persona se convierte en don y -mediante este don- realiza el sentido mismo de su ser y existir. La conciencia del don condiciona, en este caso, «el sacramento del cuerpo»*. 

 

*La comprensión del significado esponsalicio del cuerpo es indispensable para conocer quién es el hombre y quién debe ser, y por lo tanto cómo debería actuar. Esto es cosa esencial para el porvenir del ethos humano. Con esta conciencia del significado del propio cuerpo, el hombre, como varón y mujer, entra en el mundo como sujeto de verdad y de amor, como sujeto de santidad*.

 

El Génesis 2, 24 constata que los dos, varón y mujer, han sido creados para el matrimonio: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne». El varón y la mujer, antes de convertirse en marido y esposa (en concreto hablará de ello a continuación el Gen 4, 1) surgen del misterio de la creación ante todo como hermano y hermana en la misma humanidad. La comprensión del significado esponsalicio del cuerpo en su masculinidad y feminidad revela lo íntimo de la libertad de don.

 

*La libertad, entendida aquí sobre todo como autodominio, es indispensable para que el hombre pueda «darse a sí mismo», para que pueda convertirse en don*, para que (refiriéndonos a las palabras del Concilio) pueda «encontrar su propia plenitud» a través de «un don sincero de sí». Esta libertad es la que hace posible el sentido «esponsalicio» del cuerpo que consiste en que el hombre acoge a la mujer «por sí misma», tal como ha sido constituida en el misterio de la imagen de Dios y recíprocamente, ella le acoge del mismo modo. La narración del Génesis 2, 25, nos permite deducir que el hombre, como varón y mujer, entra en el mundo precisamente con esta conciencia del significado del propio cuerpo.

 

El significado esponsalicio del cuerpo, por un lado, indica una particular capacidad de expresar el amor, en el que el hombre se convierte en don; por otro, la capacidad de vivir el hecho de que *ambos son alguien a quien el Creador ha querido «por sí mismo», es decir, único e irrepetible: alguien elegido por el Amor eterno. La revelación y el descubrimiento del significado esponsalicio del cuerpo explican la felicidad originaria del hombre y, al mismo tiempo, abren la perspectiva de su historia terrena, en la que el hombre no dejará de conferir un significado esponsalicio al propio cuerpo. Aun cuando este significado sufre y sufrirá múltiples deformaciones, siempre permanecerá el nivel más profundo. La conciencia del significado «esponsalicio» del cuerpo constituye el componente fundamental de la existencia humana en el mundo*.

 

La rectitud de intención en el intercambio del don consiste en una recíproca «aceptación» del otro, con lo cual la donación mutua crea la comunión de las personas. Cada uno es «dado» al otro como sujeto único e irrepetible, como «yo», como persona.  Lo contrario de la aceptación del otro ser humano como don sería una reducción del otro a «objeto para mí mismo» lo cual testimonia el derrumbamiento interior de la inocencia en la experiencia recíproca.

 

Fuente: Tomado de Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

 

*Reflexión*: ¿Cómo debo actuar, respecto a mi cuerpo, para ser signo visible de Dios en el mundo? ¿La donación que se hace al otro en la relación sexual puede ser completa si esta no se extiende a otras esferas de la vida? ¿Puedo hablar de libertad del don si no tengo pureza de corazón y rectitud de intención?

martes, 1 de octubre de 2019

Santa Teresita


Hoy, 1 de octubre,  fiesta de Santa Teresita 

Cuando entro en el Carmelo de Lisieux explicó que había venido a este lugar para salvar almas y sobre todo para rogar por los sacerdotes.
Es patrona de las

Catequesis Teología del cuerpo (VII)



7. La desnudez originaria

 

Las palabras que describen la unidad e indisolubilidad del matrimonio van seguidas por «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello» (Gen 2, 25). 

 

Las experiencias humanas originarias (inocencia, soledad, unidad y desnudez), pertenecen a la «prehistoria teológica» del hombre, pero su importancia radica en que están siempre en la raíz de toda experiencia humana. La experiencia del cuerpo en los textos bíblicos citados, se encuentra al inicio de toda la experiencia «histórica» sucesiva del hombre. La «revelación del cuerpo» como expresión de la persona, nos ayuda de algún modo a descubrir lo extraordinario de lo que es ordinario.

 

La frase, según la cual los primeros seres humanos, varón y mujer, «estaban desnudos» y sin embargo «no se avergonzaban de ello», describe indudablemente su estado de conciencia y su experiencia recíproca, en la desnudez, de la feminidad y de la masculinidad. Al afirmar que «no se avergonzaban de ello» el autor trata de describir esta experiencia con la máxima precisión que le es posible. Estas palabras hablan de la intimidad de la comunicación recíproca en toda su radical sencillez y pureza. *A esta plenitud de percepción «exterior», expresada mediante la desnudez física, corresponde la plenitud «interior» de la visión del hombre según la medida de la «imagen de Dios» (Gen 1, 17)*. Según este pasaje, el varón y la mujer se ven a sí mismos con la visión del mismo Creador, de la que habla varias veces la narración: «Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gen 1, 31). *A través de la «desnudez» como bien originario del Creador, se manifiesta el valor «puro» del cuerpo y del sexo*. 
 
 

 

Sin embargo, después de algunos versículos, escribe el mismo autor: «Abriéronse los ojos de ambos, y entonces viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones» (Gen 3, 7). El adverbio «entonces» indica una nueva situación que sigue a la ruptura de la primera Alianza; a la desilusión de la prueba unida al *árbol de la ciencia del bien y del mal, que constituía la primera prueba de «obediencia», esto es, de escucha de la Palabra en toda su verdad y de aceptación del Amor, según la plenitud de las exigencias de la Voluntad creadora*. Esta situación nueva implica una experiencia del cuerpo nueva, de modo que no se puede decir más: «Estaban desnudos, pero no se avergonzaban de ello».  La expresión «se dieron cuenta de que estaban desnudos» hace referencia a un cambio radical del significado de la desnudez originaria del uno frente al otro que surge como fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal: «¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol de que te prohibí comer?» (Gen 3, 11). *Este cambio se refiere directamente a la experiencia del significado del propio cuerpo frente al Creador y a las criaturas*.

 

Es significativo que la afirmación encerrada en el Génesis 2, 25, acerca de la desnudez recíprocamente libre de vergüenza, sea una enunciación única en su género dentro de toda la Biblia. ¿Qué es la vergüenza y cómo explicar su ausencia en el estado de inocencia originaria de la creación del hombre? Se trata de una real no presencia de la vergüenza, y no de una carencia de ella o de un subdesarrollo de la misma. Por lo tanto, el texto del Génesis 2, 25 excluye decididamente la posibilidad de pensar en una «falta de vergüenza», o sea, la impudicia, o que se la explique mediante la analogía con algunas experiencias humanas positivas, como las de la edad infantil o las de la vida de los pueblos primitivos. Estas analogías no sólo son insuficientes, sino que pueden ser además engañosas. *Las palabras del Génesis 2, 25 «sin avergonzarse de ello» sirven para indicar una especial plenitud de conciencia y de experiencia, la plenitud de comprensión del significado del cuerpo*.

 

La aparición de la vergüenza, y especialmente del pudor sexual, está vinculada con la pérdida de esa plenitud originaria. *Con el pudor el ser humano manifiesta casi «instintivamente» la necesidad de la aceptación por parte del otro de este «yo» en su justo valor*. Se puede decir, pues, que el pudor es una experiencia compleja en el sentido que, como alejando un ser humano del otro, al mismo tiempo busca su cercanía personal, creándoles una base y un nivel idóneos para relacionarse. El análisis del pudor indica lo profundamente que está arraigado en las relaciones mutuas, lo exactamente que expresa las reglas esenciales de la «comunión de las personas» y lo profundamente que toca la dimensión de la «soledad» originaria del hombre.

 

Fuente: Tomado de Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

 
*Reflexión*: ¿Considero que es importante el pudor en el mundo de hoy? ¿Visto y actúo con pudor en todas las esferas de mi vida?

lunes, 30 de septiembre de 2019

Catequesis Teología del cuerpo (VI)


6. El acto conyugal

 

*La unidad, de la que habla el Génesis 2, 24 («y vendrán a ser los dos una sola carne»), es sin duda la que se expresa y se realiza en el acto conyugal. La formulación bíblica, extremadamente concisa y simple, señala al sexo, feminidad y masculinidad, como esa característica del hombre -varón y mujer- que les permite, cuando se convierten en «una sola carne», someter al mismo tiempo toda su humanidad a la bendición de la fecundidad. Sin embargo, el contexto de la formulación no nos permite detenernos en la superficie de la sexualidad humana, no nos consiente tratar del cuerpo y del sexo fuera de la dimensión plena del hombre y de la «comunión de las personas», sino que nos obliga a entrever desde el «principio» la plenitud y la profundidad propias de esta unidad, que varón y mujer deben constituir a la luz de la revelación del cuerpo.*

 
 


El sexo, que es «constitutivo de la persona» demuestra lo profundamente que el hombre, está constituido por el cuerpo como «el» o «ella». El varón y la mujer, uniéndose entre sí (en el acto conyugal) tan íntimamente que se convierten en «una sola carne», descubren de nuevo, por decirlo así, el misterio de la creación («carne de mi carne y hueso de mis huesos»), retornan así a esa unión que les permite reconocerse recíprocamente. *El hecho de que se conviertan en «una sola carne» es un vínculo potente establecido por el Creador*. Pero el sexo es algo más que la fuerza misteriosa de la corporeidad humana, que obra casi en virtud del instinto. A nivel del hombre, el sexo expresa una superación siempre nueva del límite de la soledad inherente a la constitución de su cuerpo, esta superación lleva siempre consigo una cierta asunción de la soledad del cuerpo del segundo «yo» como propia.

 

Esta unidad, a través de la cual se convierten en «una sola carne», tiene desde el principio un carácter de unión que se deriva de una elección. Efectivamente, leemos: «El hombre abandonará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer». Si el hombre pertenece «por naturaleza» al padre y a la madre, en virtud de la generación, en cambio «se une» a la mujer (o la mujer al marido) por elección. El texto del Génesis 2, 24 define este carácter del vínculo conyugal y lo hace en la perspectiva de todo el futuro del hombre. Por esto, Cristo, en su tiempo, se remitirá a ese texto, de actualidad también en su época.

 

*El cuerpo que, a través de la propia masculinidad o feminidad, ayuda a los dos desde el principio («una ayuda semejante a él») a encontrarse en comunión de personas, se convierte, de modo especial, en el elemento que constituye su unión cuando, por elección recíproca, se hacen marido y mujer. La unión conyugal presupone una conciencia madura del cuerpo y del significado de ese cuerpo en el donarse recíprocamente*. En cada una de estas uniones se renueva, en cierto modo, el misterio de la creación en toda su profundidad originaria y fuerza vital. «Tomada del hombre» como «carne de su carne», la mujer se convierte a continuación, como «esposa» y a través de su maternidad, en madre de los vivientes (Gen 3, 20). *La procreación se arraiga en la creación, y cada vez, en cierto sentido, reproduce su misterio*.

El análisis hecho hasta ahora, demuestra cómo «desde el principio» esa unidad originaria del hombre y de la mujer, inherente al misterio de la creación, se da también como un compromiso de todos los tiempos.

 

Fuente: Tomado de Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

 

*Reflexión*: ¿Qué significa «no tratar el cuerpo y el sexo fuera de la dimensión plena del hombre y de la comunión de las personas»?

domingo, 29 de septiembre de 2019

Catequesis Teología del Cuerpo (V)


5. El matrimonio uno e indisoluble.

 

Las palabras que describen la unidad e indisolubilidad del matrimonio, se encuentran en el contexto inmediato del segundo relato de la creación, cuyo rasgo característico es la creación por separado de la mujer (Gen 2, 18-23). Allí leemos: «De la costilla que del hombre tomara, formó Yahvé Dios a la mujer, y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: ‘Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada’» (Gen 2, 22-23). «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gen 2, 24), palabras que son reafirmadas por Jesús en el evangelio en su conversación con los fariseos “Y serán los dos una sola carne» (Mt 19, 5).

 

Del contexto resulta que esta unión proviene de una opción, dado que el hombre «abandona» al padre y a la madre para unirse a su mujer. Esta unidad a través del cuerpo tiene una ética, como se confirma en la respuesta de Cristo a los fariseos en Mateo 19,6 y Marcos 10,9 «Lo que Dios unió no lo separe el hombre», y también una dimensión sacramental, estrictamente teológica. Y es así, porque esa unidad que se realiza a través del cuerpo indica, desde el principio, no sólo el «cuerpo», sino también la comunión «encarnada» de las personas y exige esta comunión.
 
 

 

*Estas palabras de Jesús en el evangelio en su diálogo con los fariseos «Lo que Dios unió no lo separe el hombre», confirman que el Génesis 2,24 enuncia el principio de la unidad e indisolubilidad del matrimonio como el contenido mismo de la Palabra de Dios, expresada en la revelación más antigua».  El pecado y la muerte entraron en la historia del hombre, en cierto modo, a través del corazón mismo de esa unidad, que desde el «principio» estaba formada por el hombre y por la mujer, creados y llamados a convertirse en «una sola carne» (Gen 2, 24).

 

Fuente: Tomado de Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

 

*Reflexión*: ¿Que significa la frase, “esta unidad a través del cuerpo tiene una ética”? ¿Que entendemos por comunión encarnada?

Boletín Parroquial "O Sineiro", n. 498


 


Nota: En caso de optar pola omisión de datos persoais relativos ás intencións das Misas que se publican neste Boletín ou no blogue parroquial en internet, deberase comunicar con caracter simultáneo á solicitude.

 

Luns 30: San Xerome.

·         19 h.: en Ortoño, polos defuntos de Dolores Manteiga.

·         20 h.: en Bertamiráns, á Virxe Peregrina, intención de Dolores.

Martes 1: Santa Tareixa do Neno Xesús.

·         18 h.: en Covas,  ao Sagrado Corazón de Xesús.

·         19 h.: en Ortoño, por José Mosquera Balsa e José María Iglesias Mira.  

·         20 h.: en Bertamiráns, por intencións grupo de Vida Ascendente.


·         19 h.: en Ortoño, por Manuel Vilas e Dolores Castro Chaves.

·         20 h.: en Bertamiráns, por Irene.

Xoves 3: San Francisco de Borxa.

·         19 h.: en Ortoño, por Concepción Veiga Arca, Mercedes Martínez Bustelo e Concepción Naveiro Capeáns.

·         20 h.: en Bertamiráns, polas Benditas Ánimas do Purgatorio.

·         20.30 h.: en Bertamiráns, Adoración do Santísimo.

Venres 4: San Francisco de Asís.

·         19 h.: en Lapido, á Virxe da Mercé.

·         20 h.: en Bertamiráns, por Basilisa Caneda.

·         20.30 h.: en Covas, Misa cantada a San Francisco, intención de Francisco Fuentes Seoane.

Sábado 5:

·         12 h.: en Ortoño, 1º Aniversario de María Manuela Dopazo Juncal.

·         13 h.: en Ortoño, Bautismos.  

·         18.15 h.: en Bertamiráns, Catequese.

·         19 h.: en Bertamiráns, por Concepción Vidal Currais; Pablo del Saz, Ramón Quintela, Antonio del Saz y Paula Fernández.

·         20 h.: en Ortoño, por Manuel Fernández Lorenzo; José Ameneiro, Amalia Arceo e Manuel Cardelle; Carmen Figueiras Rey, esposo e fillos; Adolfo Arufe Pensado (7º aniversario); Dolores Boquete e Alfonso Lodeiro; José Luis Vázquez Fernández, finado en Caracas fai un ano.

 
6 de outubro: XXVII do Tempo Ordinario.     

·         10 h.: en Covas, á Virxe de Fátima; María, Manuel, Carmen Balebona Martínez, Ventura Guardado e a súa filla Carmen; Magdalena Balebona e Luis Balebona Varela.  

·         11 h.: en Bertamiráns, por Luis Sampedro Cores, cofrade defunto da Peregrina.

·         11.30 h.: en Ortoño, Catequese.

·         12.15 h.: en Ortoño, por Manuel Rodríguez González.

2º día de la Catequesis, 29 de septiembre


Gracias Catequistas
 
Pues con vuestra labor, silencio, humildad, cariño a los niños, generosidad…,etc. vais construyendo el Reino de Dios.