sábado, 8 de septiembre de 2012

Con pequeños gestos se puede cambiar el mundo


Varias asociaciones juveniles de Castilla y León, ha participado en un voluntariado en Carei (Rumanía) durante el mes de julio. Estuvieron ayudando a los ancianos de un asilo, a los niños de un orfanato y a personas con discapacidad. También han echado una mano en la limpieza, pintura y acondicionamiento de esos centros de acogida.

  Me llamo Mª Victoria Pérez Cavia, soy una chica normal que vive en un país cuyas formas de vida –pensaba– eran normales, con una familia normal, una propina mensual, semanal, etc., la cual también creía que era lo justo y habitual. Pues bien, ¡me equivoqué!, y me di cuenta nada más cruzar la frontera de Rumanía: casas pobres, carros con caballos en lugar de coches. Nuestro “simple autobús” atrapaba miradas.

El comienzo no fue nada fácil para nosotras, chicas de ciudad, acostumbradas a “ciertos lujos” como son internet, móviles, agua caliente… Se nos hizo un poco cuesta arriba, pero lo que quiero expresar con este testimonio no son las superficialidades de lo bien o mal que lo pasamos, sino lo que nos ayudó esta experiencia (que, según mis amigas españolas, era de locos: irte a otro país, del que me he dado cuenta conocemos más bien poco, para ayudar a otras personas, pudiendo estar en la playa tomando el sol o de fiesta), para abrirnos los ojos y agradecer los pequeños detalles que mi familia o personas ajenas hacen por mí.
 

En primer lugar destacaría el gran sentimiento de acogida por parte de los rumanos con los que tuvimos la suerte de encontrarnos: la dueña del albergue en el que vivimos por unos días, los ancianos del asilo, las personas con discapacidad mental, y los niños y niñas del orfanato al que fuimos a Carei (una ciudad que se encuentra al norte de Rumanía, cerca de la frontera con Hungría). Todos ellos estaban agradecidos de vernos y es que ¡es tan fácil hacer feliz a una persona!, ¡si todos valoráramos lo que tenemos¡... Son las fronteras que crea el hombre, no Dios, lo que nos separa a los unos de los otros, lo que limita a los seres humanos a crecer; pero esas fronteras no son tan importantes, pueden desaparecer.

Nosotras mismas, en estos días, nos comunicamos con mucha gente sin saber ni cómo decir “hola” en rumano. Pero basta con poner ganas y buena voluntad. Estos días me han ayudado a reforzar mi fe, ya que me he dado cuenta de lo completa que es, que acoge a todos, a enfermos y sanos... no excluye a nadie. Sólo te exige una cosa: querer al prójimo, querer al que tienes al lado con sus defectos y virtudes, y es que en cada persona puedes ver a Dios, como decía la canción de Joan Osborne, “¡qué pasaría si Dios fuera uno de nosotros, un extraño en el autobús!”. Me llamó la atención la falta de cariño que sufren tantas personas. Sí: podemos colaborar para crear un mundo mejor, es nuestro momento, porque con pequeños gestos se puede cambiar el mundo…